julio 2, 2009 - Breviarios

Henri Matisse, "Canal du Midi", (1898), olio su tavola
1.
Hendidura, discretamente río,
dominio de parajes esenciales.
La boca en la que el otro está metido.
2.
De la impostura sometida
busco la postura y la sonrisa.
El espejo corresponde.
Es hora de partir.
3.
El amor se adentra
y así como se impregna,
–tú más que nadie sabe de lo que hablo,
tú más que nadie,
vicio que te sostiene–,
bordea pájaros sin voces.
Bajo la tierra, llueve.
¿Quién nos espera, a quién esperamos?
Irremediable corroer de los gusanos.
4.
El silencio de las cosas. Es de día y de noche.
Por dentro, algo me salva, algo me quema.
Estoy donde no quiero estar. A todo digo no.
Soledades me abrazan.
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junio 25, 2009 - Paisajes de la infancia

Me subí al columpio con el temor de las caídas. Con mis primeros patines me hundió el miedo. Mis primos se divertían, yo me paralizaba. ¡Juega con los niños, diviértete! –decía mi madre–. Pero nada me resultaba mejor que aislarme casi impenetrable. Apenas eran las once de la mañana y el columpio me nombraba desde la rama más fuerte del ciruelo. Aferrada como a la vida, soporté el primer vaivén. Dentro de mí, la emoción. ¡Dale más fuerte! Quiero tocar el cielo, padre, tocar las alas de los gorriones. Padre, la sonrisa de este sol extendido o las gotas de la lluvia. La infancia es un río que avanza trabajosamente. No se detiene, pero sí, a veces se colapsa, se deja morir de repente. Yo pensaba en esto, cuando el aire se detenía entre mis cabellos o aparecía de pronto, burlándose de mi sonrisa, escapando de mis manos, golpeando mis ojos. Dejándome llevar por el columpio, las cosas pasaban lentamente. No me preocupaba. Hay niños tristes en todas partes. No soy la única, decía, mientras en el vuelo, la ternura del tiempo se me ofrecía oscura y alegre. No fue hasta el invierno que mi padre decidió sacarme de esa inmovilidad a la que sin quererlo había llegado. Mientras yo dormía, el columpio desapareció. ¡Cuántas cosas más dejarás de hacer sólo por estar en necio movimiento! Dime, ¿has tocado ya el cielo, las alas a los gorriones; el sol, lo has tenido entre las manos o la lluvia? No lloré. Si me hubiese puesto a llorar el cielo mismo, el árbol, la casa, se habrían derrumbado. Lo único que hice fue salir corriendo. Era una infancia por fin liberada.
*
Con mi compadre Leandro,
quien también es parte de estas vivencias
Mi padre me dice que iremos a trabajar. En ese momento me imagino sentada en el quicio de la puerta esperando a que se hagan las ocho de la noche para que venga por mí. Mi madre protesta pero no tanto como para que reconsidere la oferta. Voy a trabajar con mi papá. ¿En qué trabaja tu papá? –preguntan–. Yo respondo que haciendo el azúcar. Cada granito lo hace mi papá. Todo él, es un grano de azúcar. A veces mi mamá no puede lavarle la ropa. Está llena dulce. Tan dulce que los pantalones se ponen de pie, las camisas. Mi padre entonces huele a azúcar. Y así voy a oler yo, pienso, mientras observo el reloj y sé que mi padre vendrá muy cerca de la tienda de doña Elena o tal vez un poquito más acá porque logro distinguir de entre las sombras el casco amarillo y el paso acelerado. Tiene veinte minutos para cenar. Sin embargo, no quiero cenar. Ya quiero subir con él hasta la plaza donde los árboles se extienden como el mismo cielo. Me ha comprado una lámpara color verde, un morral donde debo de llevar mis herramientas: un cuaderno, un lápiz, un trompo, la pluma de un ave. Es de noche. El alumbrado público es apenas un sueño; la lámpara de mi padre y la mía, nos guían apenas. Mi corazón es un latido incesante; la fábrica de paredes de fierro, vapores, aparatos que gorgorean de improviso. La miel se transforma, se extiende sobre esta larga superficie, se cuece hasta que el grano se separa, hasta que con él se endulzan los caramelos, la leche, la coca cola. La verdad es que este texto no registra nada de lo que vi. Acaso si se acerca a los matices, a los días definitivamente alegres.
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junio 24, 2009 - Presentación de la revista Acequias
La revista literaria Acequias editada por la Universidad Iberoamericana Plantel Laguna llega a 12 años. Por este motivo, este jueves 25 de junio se realizará la presentación de esta publicación en el marco de su aniversario en la Librería Gandhi de Torreón. Los escritores laguneros que harán comentarios al respecto son Jaime Muñoz, Carlos Reyes Ávila y Andrés Jácquez García. La presentación será el jueves 25 a las 20:00 horas en la Librería Gandhi, ubicada en bulevar Independencia 3775 oriente.
P.D. Julio César Félix escribe un comentario sobre mi libro de poemas Presencias.
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junio 10, 2009 - Conversaciones bajo el ciruelo

1. Ciruelo
Los que antes vinieron no cuidaron la casa. Venían del desierto, del lugar donde el agua es piedra caliza. Los árboles comenzaron a secarse. Quitamos la higuera, la lima. Quitamos los sueños. El ciruelo comenzó a llorar y nosotros. Era el ciruelo; el árbol patriarca de la casa. ¡Qué bien saben las tazas de café bajo sus ramas, un cigarro, hablar de lo sucedido el domingo pasado por la mañana! Aquí tuve noticias de mi abuelo. El abuelo que te heredó ciertos recuerdos, ciertas añoranzas, las palabras, la eternidad del tiempo. ¿Cuántos años tenías cuando tuvo que marcharse? ¿Uno? ¿Dos? A los tres años, padre, el corazón apenas se nombra. Insiste, pero apenas se nombra. ¿A qué edad dijiste casa, paredes, balón, ingenio? Bajo el ciruelo nos olvidamos de contar el tiempo. El canto de las hojas nos durmió, el olor de las ciruelas. Hay que subir despacio rama por rama. Es quebradiza la columna del árbol. Se endurece pero a la vez se rasga por en medio. Mi padre no tiene miedo. Yo sí. La vida me parece tan frágil como sus pies ajustándose al espacio angosto de la rama. Una a una las ciruelas caen en el balde. Nos duerme el sonido que sin querer desplaza el murmullo de las hojas y los pájaros. La tarde es siempre la misma pero a la vez otra. Estamos aquí mi tía Olivia, mi tía Clotilde, mi papá, mi mamá y yo. ¿A cuánta felicidad tenemos derecho?
2. Apenas un cuento
Siempre he querido escribir un libro de cuentos (una novela, sería mucho para mí) que hable sobre el amor y sus desencuentros o de los viajes acumulados, las sirenas de las ambulancias, el viento, el mugir de las vacas a lo lejos. Mi plan ha sido siempre el de sentarme y no parar hasta tener un libro de trescientas páginas o novecientas, o tal vez cien, pero que al final, narren algo. Cuando empiezo a configurar esa escritura pienso en esto y quisiera que todo se me diera como abrir la puerta del patio o trenzarme el cabello, o hacer la tarea en la soledad del oficio. Por ello, opto por el cuento, o a veces por la poesía. Es una forma de no alargarme, de no perderme. Creer de alguna manera en lo que escribo. Una vez decidido, dispongo la primera hoja en blanco. Me paralizo. No sé cómo empezar. Difícil elegir las palabras que a la perfección hablen de la sombra, la memoria, los volcanes, el crujido de las piedras. Pienso en todo lo que he vivido y encuentro infinidad de cosas para dictar en primera persona o tercera. Luego, me asusto. Me observo detenidamente y me asusto. Siento que mis vestidos se rompen, que mi altura en lugar de llevarme a mirar por encima de los techos de las casas, me achica. Tengo miedo enfrentarme. Tú padre, eres más fuerte, resistes las jornadas de trabajo, la sed, el calor. Resistes a mis miedos. Cuando volví la puerta estaba cerrada. Cuando volví, dejé caer sobre ella el más débil de los toquidos. ¿No debía quedarme afuera del colegio hasta que ustedes llegaran? ¿Sentarme a mirar a las palomas entrar y salir del campanario, posarse sobre las palmeras, acariciar con su aleteo el calor de la tarde? Emprendo el camino. No hay para qué detenerme. El descenso me lleva lo más rápido posible. Hago lo correcto. Miro las montañas y sobre ellas imagino una lluvia muy fina. Más allá, más hacia el oriente, se vislumbra un poblado. Sobresalen las torres del templo, sus reflejos. Camino rápido, deseosa. Me place escuchar mis pasos sobre el empedrado. El empedrado que luego cubrirá el asfalto, el vacío del asfalto. Escucho mis pasos. La lluvia de ayer limpio cada una de estas piedras que brillan como una charola. Sobre la puerta mis toquidos son más fuertes. Tengo miedo. Lloro porque tengo miedo. Una mujer bonita se acerca y me consuela. Mis padres están por llegar, no te asustes, tal vez un contratiempo en el trabajo, en la oficina, en el mercado. Tal vez. Los veo venir, cuando la orfandad es ya un hueco muy profundo. Me paralizo. Me niego a narrar.
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junio 5, 2009 - Reflexiones
La tormenta dejó estragos en el jardín de la casa. Los árboles parecían, como si de pronto, el otoño les hubiese arrebatado las hojas, sin conmiseración alguna. Miró y sin querer, se dejó llevar por las palabras de Ana, quedamente pronunciadas: de todos los días, ¿cuál es el más triste? –le preguntó–, cuando aquella noche, anticipaba para él las que vendrían en la respiración y el tiempo, los suspiros y los besos largamente infinitos. Hay crueldad en tu pregunta y a las crueldades prefiero darles la vuelta –le respondió él–, mientras la mañana se desvestía al antojo de los primeros rayos del sol.
Mirar el resultado de una tormenta sobre el paisaje hecho por Ana, revolvió sus pensamientos casi como la primera vez en que la descubrió leyendo en una banca de la Facultad de Letras. Quería ser escritora. Fue así, que la amistad comenzó y luego, meses después, en los paseos matutinos de un salón a otro, el amor como esa extraña ineptitud de no saber qué decir. ¿Qué le había sucedido al corazón? Esa tarde, antes de ponerse a escribir la carta que le daría al salir de clases, pensó en los días por venir a su lado, las tardes de amor, de lluvia, de poemas rozándole suavemente las mejillas. Pensó en los hijos y su deseo de tocarlo todo en el embrujo del asombro. Los miró trepar los árboles, ocultarse en los lugares extraordinariamente oscuros, refunfuñar ante las obligaciones. “La vida nos pide que las cosas las pongamos en su lugar –decía la primera línea. También los sentimientos deben de ponerse en orden. Cuando te descubrí en la banca, leyendo aquél libro, pude sentir por primera vez al día, su densidad, su fragancia a cielo mojado, el chasquido de la lluvia cayendo aún de los techos. No entendí por qué aún bajo la brisa, podías leer tan plácidamente. No te importó que la lluvia te mojara la espalda o las piernas. Eran sólo tú y ese libro del que tiempo después me contarías la historia. ¿Me sientes? ¿Serás feliz conmigo?”
De pronto, sintió que el mundo giraba a su alrededor. Estuvo a punto de caer, pero pudo sostenerse de milagro. ¿Qué le había sucedido a esa relación que siempre había pedido más? El mundo atestiguado a través de la ventana, le pareció excesivo. Imposible soportarlo sin Ana y su musitar de sentimientos: amo este momento de contemplarnos sin palabras; amo, esta manera de quedarme suspendida en el éxtasis al que me llevas. Si hace años me hubieran dicho que esto era vivir, nunca habría apostado por las noches en vela, el horror a las sombras, el filo de la navaja seduciéndome. Amo, pues, estar en la cima y mirar todo hacia abajo, sin miedo, sin culpas.
Tras la ventana, el paisaje ensombrecido por la lluvia se derramaba apresuradamente. ¿En qué momento regresó la tormenta? Toda historia de amor, tiene sus vicisitudes. Difícil entender sus laberintos, sus puertas abiertas a ninguna parte. El amor es traicionero. Si bien, uno está preparado para sus ascensos o descensos, el amor juega con una carta distinta cada día. ¡Qué ganas de echarse a llorar!, pensó para sí, el hombre que ahora se estremecía sacudido por el frío. Pero los hombres no lloran –se dijo. No lloré el día en que sin querer (tal vez así lo tenía planeado el destino), escuché por vez primera el llanto de mi madre; luego la burla de mi padrastro, pidiéndole que se levantara, que no era para tanto, unos cuantos golpes no matan a nadie, ni siquiera el alcohol. Tal vez, lo único que podía rescatar de aquella adolescencia llevada por el torbellino, fue el amor descubierto. Un amor capaz de convertir el escenario más hostil, en uno de triunfo, generosamente hecho a la medida del anhelo.
¿Quién sabe lo que es el amor a los doce años? Me prometo vivir para ella, soñar por ella, morir por ella, dijo, cuando la vio acercarse, su cabello como una revelación de agua. Años después, el rompimiento. El amor, no estaba preparado para la juventud, ni para el matrimonio, suspendido abruptamente. Independientemente del fracaso, si así se le puede llamar, Ana llegó años después, y lo que resultó en algún momento estropeado, tomó la figura del enamoramiento. Él, de repente, se sintió otra persona, de la mano de Ana en el cine, las librerías, los cafés donde su círculo de amigos, se reducía a trasnochados amantes de la literatura. ¿Qué te propones?, le dijo en su momento. ¿A dónde pretendes llevar mi corazón? ¿Qué he hecho para merecerte? Tantas veces te busqué en equivocadas estaciones del tiempo. Te busqué con la energía que la sangre puede dar y me pregunto ¿por qué hasta ahora?
Si él hubiera entendido que pasar de la simple admiración –el gusto por el color de los ojos, las caderas, los labios–, a la entrega, es un salto muy breve, tal vez, la hubiese dejado transitar como una historia más en el cruce de las posibilidades. Pero no, Ana, se inauguró en su existencia y sus brazos se unieron alrededor del cuello, por debajo de la piel, por debajo del alma. Y por Ana, la ansiedad de los besos, las caminatas por el parque, la huida en el auto como si el amor se desbordara a toda prisa, sin límites, antes bien, definitivo. El amor, es difícil de explicar. Es más, jamás se explica. Hay momentos de éste que no se pueden recrear en las películas, pasajes que sólo quedan para la evocación de los amantes. ¿Qué le había sucedido a esa relación que siempre había pedido más? Ana, se había marchado. Todo está fuera de sitio –le dijo antes de partir. Quiero escapar; esta incomunicación me asfixia, ignorar lo que le ha sucedido a nuestros cuerpos. Todo está alterado ¿O será que tú a tus cuarenta años y yo a mis treinta y uno, hemos envejecido? ¿Será que ya no nos quedan fuerzas ni siquiera para inflamar algún deseo perdido en las montañas de la rutina?
Miró a su alrededor y la casa le pareció un desierto. De Ana, no había ni siquiera un objeto. Todo se lo había llevado: sus fotografías, sus libros, sus diarios, su ropa. Aún así, estaba su presencia, el olor de su cuerpo tembloroso después de la entrega. La sintió junto a él, como tantas veces, leyendo un libro, o hablando de ciertas ideas imposibles de explicar. Con nuestra historia ocurre lo mismo. Te has dado cuenta –le replicó Ana, inútil escribir lo vivido. Y más que inútil, injusto, si pensamos en aquellas personas que toman un avión sin acompañante. ¡Qué horror viajar así! O saber que llegamos a un lugar, tal vez desconocido, sin nadie, aguardándonos. En verdad me compadezco de aquellas mujeres, aquellos hombres, nunca tocados por este filamento delgado que es el amor.
No podía regresar ese tiempo de plenitud amorosa. Aún así, en medio de la fatiga, creyó empezar nuevamente. Ella, efectivamente se había ido. Pero ¿cómo se puede dejar ir a una persona sin que se le insista un poco? La miró entonces regresar; frente a su mirada, destejer con manos delgadísimas sus cabellos. ¡Cómo no gritar la felicidad! No es que antes no se sintiera fuertemente apasionado por Ana. Sucede que la ausencia, le otorga a quien se queda perdido en el sillón de la sala, ese mareo de la necesidad por volver los pasos a lo que se fue en algún momento: las mismas noches, las mismas palabras, los besos afortunados. Te dije que volvería –pareció decirle ella–, mientras sus brazos se unían nuevamente alrededor de su cuello. En verdad, nunca se desaparece definitivamente. Se aplaza el gozo, la embriaguez. Pero el amor, el verdadero amor, no se quiebra, no se corta por en medio”.
El aire frío lo estremeció. ¿En qué momento se abrió la ventana? ¿Sería Ana, quien permitió que la lluvia con su presencia, lo recomenzara todo? La vida estaba por delante y se sintió afortunado. ¿Qué más pedirle al destino? El aire, entró con mucho más fuerza. En fin. No sé si la vida, al contar esta historia, me juegue la última carta, pero fue cuando lo vi recorrer paso a paso la casa, las habitaciones, el estudio. Tocar la textura del pasado, para descubrir que su Ana, la misma Ana de siempre, la insondable, la mujer de palabras y besos, no había regresado y, aunque estuviera tan sola, tirada bocabajo sobre la cama, sintiéndose cansada o tan culpable como después de un regaño, jamás lo haría.
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mayo 28, 2009 - La mirada
1
Dejo de mirar. El ojo es nublazón, remolino, imágenes como un trompo de círculos embrollados. El amanecer en el ánimo de los niños me rodea, me complace. En ese acercamiento he dejado de mirar. Tiendo los brazos, me aferro a una realidad que como otras me pasa por encima. Una y otra vez me aferro y, sin embargo, nada. La mirada no se detiene. Avanzar. Hacia delante o hacia atrás da lo mismo. Finalmente sucesión de círculos. Todo lo conocido, lo desconocido regresa: visiones, olores, el domino de los olores. Años de construir imágenes. Estoy mirando. Veo el pulso de los relojes, la música, la voz en una boca sorprendida. Quería mirar y lo he logrado. Miro la fractura de los bordes.
2
La sombra emerge en el rostro de alguien, el cuerpo. Emocionante crece, se adensa, topa en la mirada, asfixia. Soy espectador de la sombra. Sobre ella, estertores de luz, relámpagos, el temblor de un recuerdo que se incendia. La sombra me obliga, me repliega en lo que soy. Desprendimiento. Antes era tiempo posible, naturaleza. Me sentaba en sus lugares favoritos: la mesa de un café, el parque, las filas inmóviles de un cine. La sombra: variación psicológica. Se levanta, no tiene para qué pero se levanta. Vocifera. Desolla lo que mira. No hay remedio: el invierno es un dardo. Suena el teléfono. Dentro de la cabeza el sonido es traspié. Conmoción entre abrir o cerrar los ojos.
3
Ojos: sueño primero, sin molestias,
planicies unidas por el medio.
El alrededor: la casa, edificada
la sonrisa, las nubes de un cielo
día a día reanudado.
Realidad: laberintos de corazonadas insípidas,
el vaho de la pistola, redes, pájaros perdidos.
Terror que lentamente se profundiza.
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mayo 20, 2009 - Diarios (segunda entrega)

La Chemise Blanche, 1937. Balthus
2 de junio, lunes
Frente al espejo me visto demasiado juvenil, caprichosa si se le puede llamar así a mi forma de mostrarme sexual. Antes me creía fea. No sentía la boca, no sentía el cuerpo. Era cuestión de la sangre o de la infancia terrible. Quiero vivir sola. Sola, implica quedarme con él. Hacer el amor, trabajar, abandonarnos a una lectura que nos hará más sensibles. Mezcla de emociones sin control, sensaciones sin control, posibilidades sin control. A mis experiencias no asisto sola. Después del amor quiero salir. Recorrer la ciudad, conversar en un café, fumar o bailar. Bailar desnuda: esta imaginación trascendente.
1 de septiembre, lunes
Firmar lo que se tiene qué firmar. Firmar para llegar al acuerdo. No quiero nada. Los objetos son una promesa de espacios: el jardín, los pasillos, las fotografías; el amor, no. La enorme curiosidad del amor no: besar con los dedos, morder dentro de él apasionadamente, locamente. Era mi libertad. Ir de un sitio a otro sin más trucos que la naturalidad de quien está alegre, de quien está de fiesta. Me sentí borracha por un instante. Los juzgados son un tema complejo y ambicioso. Me sentí sola. Sola, pero experimentada en el camino de la trasgresión. Apenas bajo la cortina encuentro maravilloso.
17 de septiembre, miércoles
Enamorada al roce, la caricia, la boca. Enamorada, emotiva. ¡Cómo renunciar! Es curioso. Entre los dos hacemos muchas cosas. De alguna manera somos más sinceros, más verídicos. He aprendido la comunicación de los gestos más triviales, las aproximaciones, los tanteos. No me derrumbo, no insisto en recuperarme. Quiero vivir sin analizar, sin buscar nueva aritmética a los días oscuros. Él me ama y eso basta. Tuvo que rogar, escribir poemas, dedicarme las canciones más armoniosas. Inútil explicar los milagros. Los hijos –algún día aprenderé a reconciliarme con ellos–, serán distancia olvidada. El vientre no los contiene.
19 de septiembre, viernes
Posturas (Árbol mineral)
Misterio el amor.
Desde el tono de las luces más pequeñas
ofrenda en cada incendio.
Miro hacia adelante.
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mayo 18, 2009 - Mario Benedetti (1920-2009)

El otro yo
Texto tomado de Ciudad Seva
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
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mayo 13, 2009 - Diarios
26 de abril, sábado
De lo más fecundo de mí misma decido y renuncio. Renuncio a luchar por un amor que se quiebra, que se vuelve irreversible. Perdí el control o si no el control, la locura de mirar un rostro averiado. Yo hablaba de la respiración, de dormir como quien ha bebido de una alegría llameante. Sobre tu rostro la caricia prolongándose hasta las uñas. Hasta aquí mi fantasía. Te esperé muchas veces. Vestida de novia, ama de casa o poeta, fui la que se te acercaba, la que en ti ahogó la frescura, el desnudo sufrimiento. Renuncio a quedarme con estas palabras horribles, a nombrarte en la idiotez y el desamparo. Tristeza por ti. Esto, a lo que voy, es dulce. Un encuentro frenético, acalorado, memorioso. ¿Qué quiero? Agredir al mundo o besar infinitamente hasta quedarme sin labios. Lo he pensando sordamente, impacientemente. Tomo el coche. Puedo respirar con libertad.
28 de abril, lunes
Necesito vivir enamorada. Enamorada hasta sentir cada una de las partes del cuerpo unidas en una sola fuerza, concentrada. Tomo el último de mis libros. Lo que leo, me sabe a hiel. No encuentro lo que busco o no lo tengo. El televisor, sucesión de imágenes malolientes. No estoy contenta. Es necesario esperar. Echada en la cama evocar la voz vibrante, los murmullos, la risa. Estoy llena de dudas, pero quiero vivir en ese balanceo de la sangre, sentirme protegida, sentir mi capacidad de amar. Reconozco mi naturaleza salvaje y quiero esta naturaleza perversamente ágil. He traicionado, sí. ¿Cómo llegué a esta hora de la espera? Estoy inquieta. Le llamo. En el teléfono suena enamorado. Lo noto inmediatamente. Agradezco la delicadeza con que dice mi nombre. No estaba preparada pero mi nombre se abre como un encuentro imaginario. Todo es tan repentino, tan destructivo. Estoy herida. Por eso lo busco, pienso. Debo mirar mi realidad con ojos claros. Evitar malentendidos.
15 mayo, jueves
Nos hemos visto. Esta es la nueva versión de un amor imposible; brillante, enardecido, pero imposible. No puedo con el corazón, no puedo con su nombre que debo gritar hasta que venga la noche con su boca infinita. ¿Por qué no todos los encuentros son iguales? Este ha sido tan benéfico, tan cordial, tan amoroso. Sobre su espalda pienso en las horas; en las horas de mi silencio, de mi angustia. Renuncio a vivir falsamente. No quiero un escenario o una actuación grandiosa. Dejo de temblar, de sentir miedo, de encerrarme en mi propia pesadilla de absurdos. De regreso a casa, escribo con un lenguaje exorcizado. Confío en ese lenguaje de ventanas infinitas. Me siento plena. No tengo frío.
29 de junio, domingo
(Posturas)
1.
La cama elemental.
No lejos del día, no lejos de la noche
mi cuerpo se abre.
Vasta prolongación en la urgencia.
2.
Lo que progresivamente me abstrae:
acelerado movimiento, engarzada
a lo que se incluye, a lo que despierta.
Variación de sollozos.
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mayo 6, 2009 - Descripciones de una boca
1.
La boca es vida muy aprisa. Hace demasiadas cosas. Y esas cosas –sean livianas o pesadas– suelen cerrarla o abrirla un poco. Son así todas las bocas. La mía, en cambio, más por necesidad que por pasión, se mueve para responder al saludo, respirar, combatir el arduo camino del hambre o la sed. Hablar, representar una vida que no le toca: vivir en la más estricta fantasía. El secreto de mi boca es haberse quedado seca de amores invisibles. Besarnos a oscuras, flotar, convertir en un nuevo drama a las palabras. ¿Son así los amores invisibles? Yo le ayudo a mi boca. Hay trucos para aceptar la vida tal cual nos corresponde. La serenidad es uno de ellos. Arder de sacrificios y trabajos.
2.
Hecha de gritos. Llenar la boca de gritos: mi desprecio hacia él, a quién quise tocar y no pude. Grito lo suficiente. Para matar el tiempo, grito; si la vida es breve, grito; si me desnudo y estoy triste, grito. ¿Es estúpido? No más que cubrirse los ojos con la tela del propio llanto o escribir sobre un mundo de promesas, maravilloso y a la vez, aborrecible. Si me quieres, grito; si me enfermo o intento finalmente aceptar mis facetas personales y subjetivas, grito. Gritos que justifiquen mi ambición de morir y hacer ruido.
3.
El color de la boca –indeleble el
itinerario de la sed– del rojo carmesí
se diluye a un azul triste, pálido.
Sin saber mucho de bodas,
yo pude fecundarme en una.
Eran mi debilidad el vestido blanco,
las maletas, el viaje;
con tan poco esfuerzo olas dormidas
Mi otra huida, por supuesto, más cómoda,
más real, turbulenta.
El color de la boca prefiero olvidarlo.
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abril 3, 2009 - Siete escritores que alguna vez fueron niños
Miércoles, 01 de abril de 2009
*Ilustraciones de Alfredo Perez, estudiante de la ULSA
Luis Alberto López/Layla Miranda Girón
En conmemoración al séptimo cumpleaños del Periódico Entretodos, siete escritores recordaron cuando fueron niños y compartieron alguna experiencia. A unos los marcaron, ya sea para su literatura o la simple apreciación de la vida. Lo que mostraron todos en común es la infinita imaginación que posee un niño que en su futuro, sin saberlo, está el convertirse en escritor. Marco Jiménez Directo de la pluma de Marco Jiménez, poeta lagunero, esta historia: ”Del vasto número de experiencias mágicas que arroja la infancia, a mí me tocó una particularmente fundadora: vivir y vagar en el campo, fantasear entre mezquites, jaras, cardenches; caminar en el cascajo (aún llevo en la cabeza su sonido seco, áspero, como que vas tocando el esqueleto del mundo); alucinar con la realeza de un tronco caído en el lecho blanquísimo del río seco; imaginar ejércitos, batallas que emergían súbitas y se esfumaban como las orejas prodigiosas de las liebres; veía guerreros en cada pinabete y huizache, tan dispuestos al encantamiento. En esos escenarios siempre esperé el asomo de un caballo salvaje -mi abuelo me contaba de sus encuentros con ellos. En fin, de niño adoraba a un acebuche, pues lo intuía sagrado en su increíble abandono”.
Nadia Contreras Invitamos a la poeta Nadia a recordar sus recuerdos. Se dice sorprendida: “Yo no fui niña de cuentos infantiles, carezco totalmente de la literatura infantil, pero independientemente de los libros están los viajes con mi papá. El lugar en donde nací sí me marcó mucho; la parte norte de Colima son cañaverales, un lugar frío de caña y milpa. Yo acompañaba a mi padre al ingenio, él fue obrero, se dedicaba a hacer grano de azúcar morena. Recuerdo que tenía cinco, seis años. A las ocho de la noche, después de su descanso, salía con él a trabajar –supuestamente-. Me la pasaba corriendo en los pasillos, sacándole las grapas a la grapadora. Así duré dos años acompañándolo, convivía con mí papa y con sus amigos, hasta el momento son mis cuates. Mi padre y yo somos almas gemelas, eso fue lo que me marcó, incluso uno de mis primeros libros (Mar de cañaverales) trata de ese pasaje”.
Francisco Amparán Entre fotografías, pósters, y montones de libros, Amparán cuenta lo que cataloga como una historia “no interesante”. Sin embargo, jugando comenzó lo que después formaría al escritor de novelas y columnas periodísticas. “No, pues no se me ocurre nada así de entrada. Éramos dos hermanas mayores y yo solo, jugaba mucho solo, con soldaditos. En aquel entonces era lo que se usaba: soldaditos de plástico para jugar a la guerra. Para todo esto yo nací doce años después del fin de la Segunda Guerra Mundial (1957), un asunto muy fresco –todavía no empezaba Vietnam –entonces era lo normal. A veces pienso que como los hacía hablar y todo eso, me nació la capacidad para el diálogo, para escribir. Los hacía actuar, era toda una película lo que se hacía cada tarde… y pues bueno quizá esa pueda ser una anécdota”.
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abril 2, 2009 - El cosmos explosivo de Alberto Ruy Sánchez

Cuando escribí las primeras imágenes de aquella visita, los primeros poemas de Mogador, todavía con los sentidos embriagados y envueltos en la materialidad de la ciudad (Marruecos), comprendí de golpe a qué se refería el filósofo francés Gastón Bachelard. Había leído sus libros sobre la experiencia poética del aire, el agua, la tierra, el fuego, y había comprendido sus ideas tan sólo como ideas, no las había asimilado en carne propia. (Alberto Ruy Sánchez).
Imaginémosla a ella, volver la mirada al pasado, caminar lo desandado, enfrentar lo que a fuerza de olvido, convirtió en polvo. Sin embargo, el pasado –piensa–, siempre tiene algo por reconocer. Escribir sobre Alberto Ruy-Sánchez, tiene que ver con esto. Retornar a ciertos apuntes que hizo cuando era estudiante de la Facultad de Letras y Comunicación en la ciudad de Colima; buscar en los pocos libros que quedan después de vivir los senderos del desamor y el amor; encontrar casi nada, acaso copias, legajos. ¿Pero no es así la literatura? Juntar recuerdos, sensaciones, ritmos, cadencias, los prodigios del corazón, los prodigios del cuerpo. Mirar las mismas calles de un sol tibio de aquella ciudad que se ofrecía de palmeras y cocos. Tenía 17 años, y el mundo era un destino ardiente: el agua, la tierra, el aire y el fuego que sostienen el cosmos explosivo de este escritor.
AGUA
La literatura de Ruy Sánchez (Ciudad de México, 1951), es descubrir nítidamente en la palabra esa especie de sustancia –llamémosla hambre o sed– de acariciar un cuerpo recién nacido ante nuestros ojos: la experiencia erótica. Los nombres del aire, novela publicada, en 1987, es vivir esta experiencia. El agua (elemento sin lugar a dudas importante para quienes nacen en un terruño de olas y cañas), se abre como el propio deseo, como estela de espuma. Es así el protagonista de En los labios del agua (1996). ¿Cómo puede el agua cambiar las formas de las cosas; el simple objeto, hacerlo asombro? ¿Fue el agua, para esa muchachita de 17, el primer recuerdo erótico? No lo sé. Para Alberto Ruy Sánchez sí: Un día la vecina estaba bañando a su hija, que sería como de mi edad. Yo la observaba desde mi casa, semiescondido. Ella se resistía al baño. Y yo tenía tanto calor que se me antojaba estar en su lugar. Recuerdo el instante en que el agua cayó sobre su espalda transformando el brillo de sus pies morena y cómo sus nalgas empapadas, perfectamente destacadas del resto de las cosas del mundo, se convirtieron en el imán de mi mirada. Fue como si de pronto me prendieran la luz de la vida, como si abriera los ojos por primera vez, como si mis sentidos descubrieran el mundo.
TIERRA
En Los jardines secretos de Mogador (2001), la tierra es elemento fundamental. No una tierra desierta, sino fértil, paraíso de agua y altos frutos. La tierra y el agua se funden en un nuevo nacimiento. Pero ¿qué da origen a ese nacimiento? Es el entendimiento de los cuerpos asombrosos y cada vez más profundos. Mogador, es el reencuentro con ese paraíso perdido. ¿Qué nos lleva a buscar continuamente el paraíso, o la mitad perdida si se quiere retomar con concepto platónico? El paraíso del amor, como de la escritura son un misterio. Me hice escritor en esa década de cruce de caminos (Ruy Sánchez hijo de padre y madre originarios del Sonora, vivió en su primera y segunda década, alternando periodos en la ciudad de México, en Sonora, en Baja California; en la tercera, en Francia y por periodos muy breves, en Italia, París y Marruecos), de incesantes fronteras múltiples, de lenguas multiplicadas. En esa década, entre otras cosas, me preocupé por encontrar mi propia voz narrativa. Explorar, es decir, tratar de comprender y narrar la dimensión del deseo en la vida cotidiana fue una aventura vital que se fue convirtiendo en mi obra […] el territorio móvil y accidentado de los cuerpos y su imaginación. Toda una nueva cultura de adopción: territorio central de mi literatura. El paraíso de un jardín secreto, donde “todo lo exterior está adentro y todo lo interior está afuera” como escribirá en La huella del grito (2001).
AIRE
Vuelvo a Los jardines secretos de Mogador. El aire entra por la ventana. Un aire con tierra, porque aquí en Torreón cuando ella, 15 años después, está a punto de enviar este texto a la mesa de redacción, la tolvanera se ha soltado. Aún no sabe que la luz está a punto de irse y que se la pasará, el resto de la tarde, inspirada en esa casa que verá cambiar poco a poco. Los muros merecen otro color; los platos otra mesa; los libros, un librero en qué descansar historias. El aire es un oleaje enfurecido. El de Mogador, en cambio, un aire que como el agua, nace de la propia piel y su deseo. Y qué es el aire sino esa nueva vibración –casi a coro de tambores– de la piel. El aire que todo lo enloquece, arrebata, permite crecer. Es música puesta al roce de las ventanas, las hojas de los árboles, algarabía de pájaros. Es música del cuerpo: esa música del cuerpo –escribirá el autor de los ensayos Diálogos con mis fantasmas (1997) y Cuatro escritores rituales (2000)–, que me dice con involuntaria certeza el efecto que van teniendo mis besos y mis caricias. Todo lo que haga, si es movimiento afortunado, acelera el corazón.
FUEGO
En la poética de Henri Michaux, el fuego como la culminación de la revelación de los cuerpos, no supo jugar. Así lo dice en el poema Nosotros dos aún (1948) escrito en memoria de su esposa muerta arrasada por el fuego. El fuego que propone Ruy Sánchez, incita a avanzar hacia la sangre inquieta. El nosotros es una sola llama. Es el fuego, el que lleva al escritor a viajar, a contar historias, a escuchar las voces del corazón de mujeres y hombres “deseantes”. Colaborador de Octavio Paz, es editor actual de la revista Arte de México “que resucitó y dirige desde 1988”. Si para el fuego no hay fronteras (el amor más que un deseo, es vocación), para el escritor, estas se quiebran en el momento mismo en que explora “el territorio de lo indescriptible de otra manera”: ¿Tiene fronteras la literatura? ¿No es parte de su naturaleza romper las fronteras de lo conocido para mostrarnos dimensiones de la vida que otros géneros no alcanzan a iluminar? ¿Cómo se forma la identidad de una literatura? ¿Es el pasado lo que cuenta o el presente? El pasado marca el presente pero a la vez es reinventado por el presente. Somos hijos de múltiples pasados tanto como lo somos de nuestro propio tiempo. El fuego de Ruy Sánchez, sabe jugar. El agua, la tierra, el aire, el fuego: las voces del cuerpo.
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marzo 26, 2009 - Apuntes de la infancia
Lo que conozco del mundo lo sé a través de mi madre.
La vida, madre, es una memoria colectiva.
Los recuerdos son como nidos.
Y de estos,
arañas deshilan el terror sobre los muebles,
la mesa, los libros de amores pasados.
Madre,
otros niños juegan a las canicas;
los árboles son pájaros, revolotean las luces.
Quiero correr hacia un monte,
cruzar túneles, pisar desiertos.
No me lavo porque no me ensucio,
no me río porque la risa no es mi hábito.
En los recuerdos, madre,
historias de arrebatos lúcidos.
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marzo 20, 2009 - Sobre una puesta en escena
No sé exactamente quién invocó el nombre de la poeta. Sin embargo, salió a relucir cuando sin querer retomamos uno de sus poemas para hacer dentro del salón, una representación teatral. ¿Pero quién es Sylvia Plath?, preguntó una alumna después de vivirla. Aquí va la respuesta: Sylvia Plath nació en el seno de una familia de clase media en Jamaica Plain, Massachussets, el 27 de octubre de 1932. Era, como afirman sus biógrafos, una niña ideal, sensible e inteligente. Tal vez sea esta la razón por la que tuvo la oportunidad de estudiar en las mejores escuelas: Smith College para señoritas y en Cambridge, Inglaterra [donde conoció al poeta Ted Hughes, con quien se casó en 1956]. No obstante, la Sylvia Plath, que años después escribiría los poemas de El coloso (1960) y Ariel (1965); aún estaba lejos de fraguarse. Acaso, un suceso anticipado: la muerte de su padre, cuando ella tenía apenas 8 años.
Sin embargo, nuestra intención es adelantarnos un poco al curso mismo del tiempo y hablar no a favor de uno (víctima) y del otro (victimario) como se ha catalogado últimamente la relación amorosa entre la autora de La campana de cristal (1963), novela publicada originalmente con el seudónimo de Victoria Lewis, y de este poeta británico compilador de sus Poemas completos, que en 1982, ganara el Premio Pulitzer. Es, en toda la extensión de la palabra, referirme a sus poemas y a lo que, en el silencio de esta escritura, me dictan.
Quizá vale la pena agradecer aquí el hecho de que Ted, agobiado por los celos, haya decidido separarse de Plath. Es en este suceso que Sylvia volverá con toda su fuerza a una tierra que había explorado livianamente. Y livianamente no significa que sus primeros poemas sean fáciles o mediocres, sino el inicio de lo que posteriormente estallaría contra sí misma. Veamos un ejemplo:
Jamás conseguiré recomponerte del todo,
unir, pegar tus pedazos y juntarlos como es debido.
Rebuzno de mula, gruñido de cerdo y carcajadas obscenas
salen de tus enormes labios.
Esto es peor que un corral.
Es en los últimos años de su vida cuándo Plath [quizá cincelada por lo que habían sido sus intentos de suicido] escribirá sin resabios. No se detiene. Los hombres son unos vulgares y los hijos:
He aquí a mi hijo.
Su ojo abierto es igual a todos, de un azul vulgar.
La maternidad es “dar a luz” a muchas muertes, cadáveres. Así lo dirá y lo reafirmará escabrosamente en su poema “Tres mujeres”, leído en un programa radial, el 19 de agosto de 1962 en la BBC:
Estoy desamparada como el mar en el extremo de su cordón.
Me siento intranquila. Intranquila e inútil. También yo creo cadáveres.
Vivir es morir repetidamente, asesinarse como si fuese la primera víctima en esa larga espera de los nueve meses; en esa larga espera de sucumbir bajo la gran ola de la agonía:
La espera pesa sobre mis párpados. Yace como el sueño,
como un gran mar. Lejos, lejos, siento la ola empujar
su carga de agonía hacia mí, ineludible, la marea.
El hecho radica en que Sylvia [que el 11 de febrero de 1963 enferma y con poco dinero, se suicida asfixiándose con gas], a diferencia del asesino “común”, supo comprender de manera plena esa irresistible iteración hacia su propio aniquilamiento. Vuelta incandescencia, éxtasis, capturó el infierno milagroso de la novela de su vida.
Para la poeta [de quien póstumamente se publicaría Cruzando el agua (1971) y Árboles de invierno (1972), ambos libros de poesía; y Johnny Panic y la Biblia de sueños, libro de cuentos; y sus Diarios (1982)], vivir no era sólo mirar actos repetidos y repetibles. Vivir era morir al mismo tiempo, la fuerza de estas dos corrientes hacia el centro de ella misma. Vivir tiene, entonces, otra connotación: vivir no para el cuidado de sus dos hijos, no para cocinar pasteles los fines de semana como así lo hizo durante sus primitivos meses de matrimonio. Lejos de la infancia, de una juventud desdibujada por la madre, vivir era vivir el cuerpo, sufrirlo con toda su carga de absurdo; y que ya nadie, ni siquiera sus hijos Frieda y Nicholas, podían salvar.
Ted Hughes, tenía que desaparecer materialmente de la vida de Plath [simbólicamente lo estaría hasta sus últimos días], para que pudiera retomar lo que en un principio había dejado inconcluso: el cuerpo de su propia poesía; poesía fascinante, luminosa. El suicidio: la única manera de vivir plenamente.
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febrero 19, 2009 - Presentación de libro
El poemario ganador del estímulo de Financiarte 2008, está dividido en seis capítulos donde habla sobre figuras constantes en su vida como el sonido, la luz y los colibríes.
2009-02-19 / Cultura
 Nadia Contreras. Foto: Santiago Chaparro
Torreón.- Para festejar los primeros 10 años de la publicación de su primer libro, Nadia Contreras, presentará su poemario “Presencias”, en el que a través de seis momentos, comparte con el lector, esas figuras constantes en su vida que la motivan, encienden y la inspiran.
La constante pregunta del quién soy, la imagen del colibrí, las luces de la ciudad, los paisajes, su ciudad natal, su gato de angora, el sonido y la pintura, entretejen estos poemas.
Este texto que se logró publicar gracias a la obtención del estímulo de Financiarte 2008, es una creación de la cual, siente un gusto mayor por presentar, ya que explica, habla de las cosas que están a su alrededor y que son significativas.
“Haber visto publicada la obra, así como el libro anterior que fue de Financiarte, darme la oportunidad de ver mi libro publicado y darle continuidad a lo que vengo haciendo de años, es lo que me llena de esta edición”.
La realización de este proyecto, dice, le dio más alegría ya que de forma simultánea a este texto, sale uno más con la Universidad de Colima, el cual es un poco de crítica literaria, pero más a nivel del lector común que se llama “Pulso de la Memoria”, “y a mí me dio gusto ver los dos publicados.
Financiarte agrega uno más a lo que yo he venido publicando. Continuar mi obra y de una manera acercarme a un público que conozco cuando hago las giras”.
La publicación en periódico, es efímera; en revista, es efímera, asegura la poetisa, pero a través de un libro, es cuando percibe que su estadía puede ser más prolongada.
“Otro gusto que me da es el jurado, que es respetado dentro de las letras en México y eso le da mucho mayor gusto.
No es un libro definitivo, hay que revisar mucho todavía, pero agradezco que el jurado haya optado por darme este reconocimiento”.
La presencia que Contreras desea dejar en quien tome el libro en sus manos y disfrute de sus líneas, “es de que estamos acompañados, no somos personas solas y que independientemente de que la vida se nos derrumbe, porque hay momentos en que esto sucede, siempre hay una presencia, una persona, un recuerdo, un momento que está ahí y que nos hace fuertes”.
La vida no se detiene, asevera, porque diariamente abre una puerta y es una revalorización de los sentimientos.
“Yo quiero ver a este libro junto con Cuando el cielo se derrumbe, como un momento de transición, porque en los anteriores, era la ambivalencia entre la vitalidad y el derrumbe, pero a partir de Poemas con sol, es lo que yo he presentido, ya no hay ese ir y venir, sino que ahora hay una poesía más vital, mas colorida, más viva”.
El libro que fue dividido en seis estancias, contiene una ideología; en el primer capítulo, acude a la pregunta de quién es para poder configurar ese “quién soy”; el segundo, abarca la esencia de la luz con el juego de la sombra, el ver cómo las ciudades están despiertas no por su gente, sino por la iluminación del propio lugar; la tercera, es el constante encuentro con los colibríes.
El cuarto punto, es un homenaje a Balthus, el pintor y su gato gris de angora, que llevaba el mismo nombre del artista; el sonido, que es otra presencia constante, es el quinto capítulo del poemario para terminar con un repaso a sus pintores favotios del simbolismo y el surrealismo.
Claves
Su tarea
Ahora pretende otras cosas, en donde no sabe si es la edad o la etapa que ahora vive, pero esto cambia su perspectiva. Con “Presencias”, sabe que siempre hay algo o alguien.
De las presencias que aborda en su poemario, asegura no tener una favorita; son todas en conjunto que la motivan a seguir adelante y permanecer en ese estado de vitalidad.
Uno de sus grandes intereses es la idea de estudiar la pintura para conocer más movimientos. Desea entender más a esos pintores para que le puedan transmitir más sensaciones.
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febrero 17, 2009 - Nadia Contreras, presenta su libro
“Presencias”, es el título del poemario de la autoría de Nadia Contreras, quien es acreedora al estímulo en la categoría Producción Editorial de la Convocatoria Financiarte Laguna 2008. Después de haber obtenido el galardón, ahora, su producción será dada a conocer este jueves 19 de febrero en la biblioteca José García de Letona, a las 20:00 horas.
Nota de La opinión Milenio

Foto : Archivo. Diario Milenio Torreón
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febrero 17, 2009 - Muchachas II

Segundo homenaje a Julio Cortazar
y Alejandra Pizarnik
Hay sólo una forma de mirar a una muchacha: ascender o descender (esto dependerá de quien le preste atención: es decir, el deslumbrado, arrancado, derribado) infatigable ante su cuerpo. ¿Cuánto queda de esta vida abatida? En el ascenso o descenso, únicamente exaltaciones, palpitaciones, alientos, alegrías finalmente. Con la cabeza en otro lado, crearla, ponerle un nombre, expulsarla, trastocarla. Aún lejana, la muchacha está reservada. Hipócritas la magia y las antiguas musas.
*
Pienso en Alejandra como en un ser intacto. Atravesado por el filo de las horas, agarrado, aplastado, negado; pero aún así, intacto. ¿A dónde se fueron el horizonte, los sueños, la playa, la otra orilla? ¿A dónde el pájaro y su jaula, la fiesta interminable, Argentina, Nueva York, Paris, los hospitales y sus trayectos? ¿Qué del espejo, las calles, el placer de escribir a solas, definitiva, abierta o cerrada, impresionada, representada? Pienso en Alejandra como en un ser intacto y perfecto. La prueba de todo esto es que yo sólo puedo trazar palabras confusas. No hay poesía por ninguna parte.
*
Julio desciende por el laberinto llamado palabra.
Un jardín no es la exaltación de esta,
ni siquiera la casa,
en su porvenir de luz.
Es laberinto. Y en él,
la palabra es algo precioso. Caos.
Toda misión poética es primeramente caos.
Lo que está dentro
(llamémosle corazón satisfecho
o insatisfecho, herida o transparencia)
se comprime, en sí mismo se reconcentra.
Julio, lo sabe.
Entre más compacto, una vez fuera,
mayor su extensión, el dominio.
En el laberinto llamado palabra
lo que parece ser nueva impresión, contorno.
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febrero 10, 2009 - Muchachas

Homenaje a Julio Cortazar (en memoria este 12 de febrero)
y Alejandra Pizarnik
Alejandra escribe sin pensar. A manera de reparos lo registra todo: la mesa, la jarra plateada, el vaso, los pájaros. Tiene miedo. Está cansada. Debajo de sus manos guarda un jardín, un amor fantasma, un ángel. Inventa el infierno. Por dentro se quema; por fuera, la felicidad es un baile invisible. Bebe, fuma, hace el amor. Quiere hablar. Quiere escribir. El mundo la mira y ella lo escucha súbitamente como un disparo. Imposible asirse a la lucidez. Sueño, pesadilla. La dosis, la sobredosis. Algo la deja viva. Aún hay tiempo, espacio, vértigos, paisajes simbólicos. Hay un pabellón gris. Escribe sin revelar nada. ¿Cómo se puede revelar la vida, un velorio, la puerta cerrada, la espera? No obstante, la poesía es una ofrenda. Frente al espejo se desanima, se anima. Del otro lado –la mirada exacta, objetiva–, Julio es aglomeración de anécdotas, sonrisas. La memoria es un juego, una deformación. La escritura es mentira. Lo magnífico de esa mentira: delirios, metamorfosis, la sangre, el sexo, el blanco complaciente de la hoja. Del otro lado del espejo, la noche. Alejandra, la descifra; Julio, la inspira tranquilamente. Todavía adormecido un conejo salta de un lado a otro.
*
Es el verano más agradable. El cabello de la muchacha
(Julio repasa su ilimitado dominio)
es un sol vuelto escándalo.
La ciudad: caserío desordenado.
Casas ricas, casas pobres, casas tormentosas.
Las nubes ¿cubren acaso el cielo
de un destino arrancado?
Autos, transeúntes, semáforos descoloridos.
La muchacha, su infinita mirada.
Donde no hay luz, luz por todas partes;
dispuestos, rodeados, vueltos agua, aire.
La felicidad tiene una sola dirección.
*
La muchacha no tiene límites.
Se siente robada. Aún así se atreve.
Quiere vivir. En indulgencia,
la palabra herida,
la palabra locura,
la palabra muerte.
Frente al reloj, basta soñar,
dormir con quien se ama,
ser promesa o acontecimiento.
Arden las máscaras,
los vestidos, los libros.
Alejandra, hablo de nosotras.
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febrero 5, 2009 - Espejos
Abro el espejo como abrir un silencio. Nace el grito, la estatua. La estatua me detiene. Y como en un día de jornada tormentosa entro en ella. En su interior espectáculo miserable: estatua saqueada, condenada, arrancada. Salgo a toda prisa. Quiero sencillamente ser un transeúnte. Caminar del lado de la calle más viva. La estatua es un traje que no me corresponde. El pasado es un hombre intruso. ¿De dónde se sostiene la estatua? ¿Quién la forja para luego disolverla en la más insignificante de las experiencias? El espejo toma la figura de una salida. No sé qué hacer con un pasado que se separa de manera tan rápida. Me ocupo de lo mío. La salida es un viaje. ¿Desde cuándo busco en los cajones un amor arrollado? El hombre intruso es un engaño. Lo viví sin pensar en otra cosa. Muchacha de buena fe, me dijeron. Pensamientos, paisajes, caricias pero sin nunca llegar. ¿Es tan difícil ganar la atención de alguien? Miro hacia atrás. La estatua es un punto fijo en la memoria. La salida. Visiones.
*
En el espejo, una sola imagen:
la sonrisa,
débilmente trazada, perdida, rota.
Para llegar a ella
–la sonrisa es una maniobra muy difícil–
tuve que remontar a los inicios.
Yo hacía del destino un acercamiento, un alejamiento.
Mis siete años
fueron un sueño sin molestias.
La juventud interrumpida e irreconocible.
De la impostura a la que me sometieron
busqué la postura y la sonrisa.
Nuevo horizonte,
nueva perpetuidad.
El pasado lentamente disipándose.

El jardín rosa
de Paul Klee
*
En el gran estanque se entreven líneas, objetos aproximándose. Se insinúa lo que puede ser un horizonte, una playa, el tiempo indefinido. Me acerco. Adopto la postura del que mira. Hay un cielo, una ciudad y dentro de ella, hombres y mujeres en el impulso momentáneo de las emociones. Me acerco. La ciudad es un artificio; el amor, composición errónea. Sólo rumores, desalojos. Todo se disipa, menos la mirada. Dentro del estanque –agua inútilmente acumulada– la mujer que soy se forma lentamente. Antes de que yo pueda actuar me descubre y por el frente me aniquila. Desconoce mi herencia. Cuánta imprecisión en la nota fraternal de las palabras, cuánta desgracia, cuánto grito. Pero ¿quién tiene la culpa? ¿ella? ¿acaso yo?
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enero 29, 2009 - A primera voz. Homenaje a Enriqueta Ochoa
Libro homenaje presentado el día 27 de enero a las 20:00 horas en el Icocult Laguna, del cual comparto con ustedes mi participación.
1
Para poder hablar, así, de frente, hago palabras pequeñas, paisajes donde los pájaros son aire profundo. Antes no jugaba ni siquiera a los dados. La luna era una playa o un río; nunca la vi. Tuve que llevar una infancia a cuestas, el dolor de esa infancia. Tuve que llevar un amor a cuestas, el dolor de ese amor a la orilla de un largo precipicio. De los muros sobresale la cal, la hierba. De mi piel, la iniquidad de la sangre. ¿A dónde fluye? ¿A qué puertas cerradas me acerca? La lluvia es un lujo. No lo conocía. Para poder hablar, así, de frente, tengo que ser puntual a mis citas. De lo que no tengo, buscar las luces abiertas de la primavera. ¿Qué restituye mi traje ajustado de espinas, los bostezos, la felicidad como un naufragio? Para poderte hablar, hablo así, de frente.
2
La vida, madre, es una memoria colectiva.
Los recuerdos son como nidos:
de estos,
arañas deshilan su terror sobre los muebles,
la mesa, los libros de amores pasados.
Es el fervor por una piel desollada,
por una garganta que no ha sabido levantar la voz.
Madre,
otros niños hacen cosas que desconozco.
En el patio juegan a las canicas,
los árboles son pájaros suspendidos,
revolotean las luces.
Quiero correr hacia un monte,
cruzar túneles, pisar desiertos.
No me lavo porque no me ensucio,
no me río porque la risa no es mi hábito.
En los recuerdos, madre,
historias de arrebatos lúcidos.
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enero 29, 2009 - Serie pictórica: pájaros I
Sueño. Dentro del sueño el impulso desordenado de la sangre. Serpentea, se agita, distancia entre esta vida y la otra. Línea, filo de agua, me hace, me rehace, llena de ánimo, me detiene, torpe animal, trompo, incesante circularidad. En su impulso, el oído vaga lentamente. Yo estaba en busca de sonidos: la música de acordes eléctricos, la voz del vecino, los niños en carrera despostillada. El oído toma delantera. ¿Es sangre o pájaro? El pájaro es un impulso; impulso para extenderse, acercarse, alejarse. Entre más lejos la mirada lo descubre. Hacer del pájaro una huella, placer de sonidos casi mágicos, gesto de sol, estertor, explosión de colores. Visto de otra manera, el pájaro no existe. Ni la sangre en apagado tropel. Individualidades hechas de la imaginación, engaño, pretexto, artificio. Después de experimentarlo, el pájaro delante de mí es un recurso del pasado. Aleteo para separar lo que se volvió ridículo: nuestros cuerpos huérfanos. Sueño y dentro del sueño, la sangre y el oído. El pájaro no es pájaro. Errante de un lado a otro.
*
El pájaro evoca la casa y lo que hay en ella. Por fin, una conexión loca y enamorada. Lo que antes fue se parecía a una jaula. Sin razón aparente el día y sus estragos. Todo estaba apagado, triste. A lo lejos, transeúntes imaginarios dibujaban la línea de la felicidad en explosión de luces, sonidos: autos, avenidas, aparadores incitándolos, comprometiéndolos, espectadores dormidos. Dentro de mí, el desarreglo de una vida estrecha. Falso destino. Como el fuego, no supe jugar. ¿Qué hacer con la jaula, con el pájaro de ojos calcinados? ¿Borrarlo? ¿Quitarle las alas? Duele más un pájaro sin alas que la jaula o una tarde sin jornada y sin fruto. Abro la puerta, entro a la casa. En el lugar del pájaro, este aire ligero.
*
El que mira hacia atrás
sobre su propio desgracia se profundiza.
Hacia delante
únicamente cielo,
bóveda de fúlgidos trazos.
Pájaros que se aproximan.
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enero 29, 2009 - Recordando su nacimiento

Jackson Pollock (28 de enero de 1912-11 de agosto de 1956) fue un influyente artista estadounidense y un referente en el movimiento del expresionismo abstracto. Considerado uno de los pintores más importantes de los Estados Unidos en el siglo XX.
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enero 8, 2009 - De ojos, su desbordamiento
A simple luz he dejado de mirar. El ojo es nublazón de tiza, remolino, imágenes como un trompo de círculos embrollados. El amanecer, en el ánimo de los niños me rodea. Complacencia. Y así, en ese acercamiento he dejado de mirar. Tiendo los brazos, me aferro a una realidad que como otras me pasa por encima. Una y otra vez me aferro y, sin embargo, nada. La mirada no se detiene. Avanzar. Hacia delante, hacia atrás da lo mismo. Finalmente sucesión de círculos. Todo lo conocido, lo desconocido regresa: visiones, olores, el domino de los olores. Años de construir esas imágenes, estas palabras como un ramo de violetas. Estoy mirando. Veo el pulso de los relojes, la música, la voz en una boca sorprendida. Quería mirar y lo he logrado. Quería mirar dentro de un cuerpo. Distingo la fractura de los bordes.
*
En el ojo, la sombra emerge como seguramente emerge el rostro de alguien, el cuerpo. Emocionante crece, se adensa, topa en la mirada, asfixia. Yo soy algo más que un espectador de la sombra. Sobre ella, estertores de luz, relámpagos, el temblor de un recuerdo que se incendia. Otro hallazgo: la sombra me obliga a replegarme en lo que no soy. Desprendimiento. Antes era mi tiempo posible, mi naturaleza. Irreconocible me sentaba en sus lugares favoritos: la mesa de un café, el parque, las filas inmóviles de un cine. Lo que me hacía falta era tocarla. Rápida variación psicológica la del miedo. Conmoción interna, alteraciones entre el quedarse o salir huyendo. No debo sentir, me dije. Es crisis del insomnio, la luz fuerte de la lámpara, el drama de un trabajo que admirablemente detesto. Otra forma de dominarla. Cerrar los ojos y abrirlos hasta más tarde.
*
Ojos: sueño primero, sin molestias,
planicies rotas por el medio.
El alrededor: la casa, edificada
la sonrisa, la columna de la certeza, las nubes
de un cielo día a día reanudado.
Realidad: laberintos de corazonadas
insípidas, el vaho de una pistola, redes, pájaros perdidos.
Terror que lentamente se profundiza.
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diciembre 4, 2008 - Carta desde la FIL mientras estamos juntos
A Luis Armenta Malpica,
en agradecimiento por la magnífica edición de mi poemario Presencias.
A Mantis Editores y Gaby Nava por hacer posible su presentación este sábado 29 de noviembre en la FIL, Guadalajara, Jalisco.
Con Alfredo
Te escribo para decirte lo que tú sabes, compañero de viajes, de astros, de un avión que se eleva a la potencia de las nubes. Venimos desde el país del desierto a esta ciudad en que el sol es una catedral que se levanta. Hoy es el mismo día que la semana pasada, el mes pasado, el año, el siglo; sin embargo, se incrusta el amor. El amor me echa el brazo y de su brazo, los labios, el misterio. La FIL nos recibe mientras puede. Está a reventar. Presencias, es un libro abierto es la sala Elías Nandino. Un instante después, no sé nada. ¿Es esto natural? Olvidar la propia poesía, su lanzada. Me consulto; no soy la misma. El desamparo no dura todo el tiempo. Yo no sé nada de la palabra desamparo, ni de la palabra escalofrío. Se acabó la soledad, la prisión, el exilio. La poesía de lo hipócrita, de la parálisis, de lo antaño ensombrecido, también se acabó. Caminamos pasillos de libros, miramos títulos, portadas, intenciones. Ya no me gustan los libros que hablan de pérdidas, de naufragios, de edificios que se incendian, de espejos en semblante pálido. No me gustan mis libros. Comimos, hablamos, reímos, hicimos de las horas fotografías infinitas. Has encontrado tu lado fotogénico, me dices. Pienso en la grandeza de la vida. El cuerpo solitario es una isla que se quedó atrás. Manifestó su grito; lo puro del grito. El desamor se manifiesta así. A puro grito. El amor, contrariamente, es cascada, montaña, un ave. Al día siguiente, mundo de cosas por hacer. Fuimos la ciudad, sus transeúntes, edificios, música, pasión a corazón abierto. ¿Cómo juzgar el pasado? Cuando estaba fría y así me sentía dentro de mí misma. ¿El presente? El hombre mar, dulzura, temblor, locura persistente, existe, lo juro, está frente de mí.
PD
Gracias Enriqueta Ochoa por tu poesía
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noviembre 27, 2008 - Presentación de libro
Nos vemos en la FIL este sábado a las 4 de la tarde.
Se presenta mi libro de poemas
Presencias
bajo el sello de Mantis Editores.
El evento se llevará a cabo en el salón Elías Nandino, del centro de Negocios de la Expo Guadalajara.
Voy felizmente acompañada
Les comparto un correo de Luis Armenta Malpica como nota al margen.
Mantis editores se suma a la celebración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, presentando sus novedades del 2008, especialmente las coediciones con Écrits des Forges, Conarte de Nuevo León, la Secretaría de Cultura de Jalisco y el Ayuntamiento de Torreón.
En esta ocasión el lanzamiento se llevará a cabo el sábado 29 de noviembre, a las 16:00 horas, en el Salón Elías Nandino, del Centro de Negocios de la Expo Guadalajara.
Entre los autores confirmados se encuentran José Javier Villarreal (Nuevo León), Enrique Cortazar (Chihuahua), Minerva Margarita Villarreal (Nuevo León), Bernard Pozier (Quebec), César Rodríguez Diez (Veracruz), Luis Alberto Arellano (Querétaro), Claudia Barreda Gaxiola (Sinaloa), Javier Acosta (Zacatecas) Nadia Contreras (Colima) y Luis Vicente de Aguinaga (Jalisco).
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octubre 16, 2007 - Día seis (sala de operación)
A mi madre, Graciela,
que puede complementar ampliamente esta historia.
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Abro y cierro los ojos. Dentro del túnel alguien me guía y me dice “Por favor, no tengas miedo”. Sus brazos son llamaradas y su voz se filtra como a través de un espejo. Una cama, y al fondo (donde el televisor es abismo fluorescente), médicos preparan el instrumental. El túnel ha desaparecido y el silencio. Sólo esperan a que me calle para tomar posesión de mí. Cortar, jalar de la vida el útero, su soledad baldía; drenar, zurcir, dejar intacto. Y en ese dejar intacto, abrir la cascada que soy de sangre, la noche, la muerte. Vuelvo. La habitación tiene el color de las pérdidas. Las pérdidas que nadie más que yo conoce.
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Liberada de mí misma y del tumor de la descomposición, el éxtasis de la noche: pastillas que se agolpan, ojos y manos como un vientre sombrío. Salen voces, risas, niños que de súbito extirpan mi brazo derecho, mi pierna izquierda. Encima de mí, la luz es demasiado intensa; centelleante la ventana y el niño de gesto confuso que llora sobre un cuerpo decapitado. Escucho golpes. Médicos me llevan en marcha de tambores y cantos. De pronto el silencio. Nadie dice nada, ningún alarido. “Es posible celebrar el tiempo olvidado”, dice la tarjeta. Ebria de música, la herida es un paisaje de huellas. El dolor se deshizo, el hematoma de la respiración. Ahora, bajo el cincel de la lluvia, un perro me arrastra.
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agosto 8, 2007 - Origen
* El pueblo es un paisaje indescriptible. De la infancia, el sol lo fundó: murallas de viento y cañaverales como espadas relucientes. De la infancia, pasillos de azúcar y avenidas en sueño de calderas. Lo dibujo, mas la hoja en blanco del poema, es un silencio. Imposible hablar de la plaza, los días de mercado y las gastadas cruces del cementerio.
* Carecen las fotografías. Fotografías que hablen de la casa, viajes, hijos en pulmón de juegos y de llanto. Carecen, pero basta la memoria. Ciudades, barcos, las palabras simples del amor, son más que el ojo desvanecido de las fotografías. El ingenio es también una memoria. A mi corta edad, jolgorio de metales, tropel de vapores. Para cuando entré por vez primera, ya lo conocía. Mi padre, me había instruido.
* Flores y jilgueros en las manos. Se levanta y el día es un estertor incontenible: las huellas de su historia entre carros de caña y la mirada del amor, colmante, en la brasa del viento. Hasta hace poco, a su destello, lo ensombrecía el olvido. La amargura de quien no tiene derecho a pasar en limpio el borrador de los fracasos. Las alegrías, el silencio y las palabras sobre la mesa, son una misma cosa. El origen, las batallas, el amor desbordado. Quiero cantar; como ella, poner en la voz la sangre y la delicia. ¿Quién extirpa la espina que me atraviesa la garganta?
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Nadia Contreras-Ávalos (1976). Maestra en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima. Autora de los poemarios Retratos de mujeres (Costa Nativa, Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Colima, 1999); Mar de cañaverales (La Luciérnaga Editores, 2000); Lo que queda de mí (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2003); Figuraciones (Editorial Paraíso Perdido, 2005); Poemas con sol en tres tiempos (Editorial La Fragua, Instituto Coahuilense de Cultura, 2006) y Cuando el cielo se derrumbe (El Tucán de Virginia, 2007). Mención Honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2001; Premio Estatal de la Juventud Colima, 2002; Premio a proyectos culturales en la categoría de poesía, 2003, otorgado por el Instituto Mexicano de la Juventud; Premio a publicación editorial, convocado por la Dirección de Cultura de Torreón. Vive en Torreón, Coahuila, México.
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